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Saturday, February 14, 2026

EL CHAVISTA PERSISTENTE

 

EL CHAVISTA PERSISTENTE

 

En 1973, el psicólogo estadounidense David Rosenhan decidió poner a prueba la confiabilidad de los diagnósticos psiquiátricos infiltrando voluntarios sanos en hospitales mentales. El resultado fue un terremoto académico: personas perfectamente equilibradas terminaron etiquetadas con trastornos severos simplemente por haber pronunciado la frase equivocada en el lugar menos indicado. Su estudio, famoso por revelar lo frágiles que podían ser ciertos criterios clínicos, dejó una lección inquietante: a veces el contexto pesa más que la realidad.



La moraleja era clara. Una vez que alguien recibe una etiqueta, todo lo que hace se interpreta a través de ella. Si sonríe, confirma el diagnóstico. Si protesta, también. Si guarda silencio, peor aún. La categoría precede a la persona.

Décadas después, la política latinoamericana ofrece ejemplos donde el fenómeno de las etiquetas parece haberse mudado de hospital. Pensemos en el debate alrededor del chavismo, el movimiento fundado por Hugo Chávez en Venezuela. Tras años de crisis económica, colapso energético, hiperinflación y migración masiva, el tema genera pasiones intensas. Para algunos, el proyecto representó justicia social la manera actual de definir el resentimiento y la envidia. Para otros, simboliza un experimento fallido con consecuencias devastadoras.



Aquí es donde el espíritu de Rosenhan asoma la cabeza con una sonrisa irónica. En discusiones encendidas, no es raro escuchar que quien todavía defiende ese modelo “debe estar desequilibrado”. La frase suele lanzarse con sarcasmo, frustración o enojo. Pero, si la miramos con lupa, reproduce exactamente el problema que el experimento original denunciaba: convertir una postura —equivocada o no— en síntoma.

                Chavez vive, gritan algunos, la patria sigue, viviremos y venceremos. ¿No les parece patológico, turbio, enfermizo, ilógico y absurdo?, deberían hospitalizarlos !!!

Eso no significa ignorar los datos. Las cifras económicas, la escasez, el deterioro institucional y el éxodo de millones son hechos ampliamente documentados y discutidos por organismos internacionales.

Rosenhan mostró que el poder de una etiqueta puede distorsionar la percepción hasta hacer que la normalidad parezca enfermedad. En política ocurre algo similar: cuando el desencanto es profundo, la tentación de explicar la persistencia del otro bando como “locura” resulta casi irresistible. Es un atajo emocional que simplifica una realidad compleja y esto lo hace a mis ojos aún más interesante.



Tal vez la lección más vigente no sea que los diagnósticos sean inútiles, sino que debemos usarlos con rigor y prudencia. Y fuera del ámbito clínico, quizá convenga recordar que las creencias políticas —incluso aquellas que muchos consideran desacertadas tras resultados adversos— pertenecen al terreno del debate, la evidencia y la argumentación, no al del diván, pero es que Chavez no vive, las patria se la han pasado por el colgajo, nadie puede vivir con esa hambre y no sabemos a quién vencerán, además ya han internado a Maduro que es colombiano y a la primera combatiente que no ha combatido.

                “Es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente” Groucho Marx.

www.juradogrupoeditorial.com




 

 

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