EL CHAVISTA
PERSISTENTE
En 1973, el psicólogo
estadounidense David Rosenhan decidió poner a prueba la confiabilidad de los
diagnósticos psiquiátricos infiltrando voluntarios sanos en hospitales
mentales. El resultado fue un terremoto académico: personas perfectamente
equilibradas terminaron etiquetadas con trastornos severos simplemente por
haber pronunciado la frase equivocada en el lugar menos indicado. Su estudio,
famoso por revelar lo frágiles que podían ser ciertos criterios clínicos, dejó
una lección inquietante: a veces el contexto pesa más que la realidad.
La moraleja era
clara. Una vez que alguien recibe una etiqueta, todo lo que hace se interpreta
a través de ella. Si sonríe, confirma el diagnóstico. Si protesta, también. Si
guarda silencio, peor aún. La categoría precede a la persona.
Décadas después,
la política latinoamericana ofrece ejemplos donde el fenómeno de las etiquetas
parece haberse mudado de hospital. Pensemos en el debate alrededor del
chavismo, el movimiento fundado por Hugo Chávez en Venezuela. Tras años de
crisis económica, colapso energético, hiperinflación y migración masiva, el
tema genera pasiones intensas. Para algunos, el proyecto representó justicia
social la manera actual de definir el resentimiento y la envidia. Para otros,
simboliza un experimento fallido con consecuencias devastadoras.
Aquí es donde el
espíritu de Rosenhan asoma la cabeza con una sonrisa irónica. En discusiones
encendidas, no es raro escuchar que quien todavía defiende ese modelo “debe
estar desequilibrado”. La frase suele lanzarse con sarcasmo, frustración o
enojo. Pero, si la miramos con lupa, reproduce exactamente el problema que el
experimento original denunciaba: convertir una postura —equivocada o no— en
síntoma.
Chavez vive, gritan algunos, la
patria sigue, viviremos y venceremos. ¿No les parece patológico, turbio,
enfermizo, ilógico y absurdo?, deberían hospitalizarlos !!!
Eso no significa
ignorar los datos. Las cifras económicas, la escasez, el deterioro
institucional y el éxodo de millones son hechos ampliamente documentados y
discutidos por organismos internacionales.
Rosenhan mostró
que el poder de una etiqueta puede distorsionar la percepción hasta hacer que
la normalidad parezca enfermedad. En política ocurre algo similar: cuando el
desencanto es profundo, la tentación de explicar la persistencia del otro bando
como “locura” resulta casi irresistible. Es un atajo emocional que simplifica
una realidad compleja y esto lo hace a mis ojos aún más interesante.
Tal vez la
lección más vigente no sea que los diagnósticos sean inútiles, sino que debemos
usarlos con rigor y prudencia. Y fuera del ámbito clínico, quizá convenga
recordar que las creencias políticas —incluso aquellas que muchos consideran
desacertadas tras resultados adversos— pertenecen al terreno del debate, la
evidencia y la argumentación, no al del diván, pero es que Chavez no vive, las
patria se la han pasado por el colgajo, nadie puede vivir con esa hambre y no
sabemos a quién vencerán, además ya han internado a Maduro que es colombiano y
a la primera combatiente que no ha combatido.
“Es mejor estar callado y
parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente” Groucho Marx.
