EL DAÑO
ANTROPOLÓGICO VENEZOLANO: LA HERIDA INVISIBLE.
Por: WILLIAM GARCÌA C.
Escritor de Jurado Grupo Editorial
Ante las imágenes de devastación y
ecocidio del llamado arco minero y los estragos producidos en un sistema frágil
como los cayos de Morrocoy, cabe y es pertinente la siguiente reflexión: El
daño antropológico venezolano: la herida invisible.
Las crisis
económicas se miden en cifras. Las crisis políticas, en cambios de poder.
Pero hay daños más profundos que no aparecen en estadísticas: el daño antropológico.
Venezuela no solo
vivió un colapso institucional bajo la llamada Revolución Bolivariana. Vivió un
proceso de transformación cultural y moral que alteró la conducta, el lenguaje
y la percepción misma de la realidad. No se trató únicamente de administrar mal
el país; se intentó redefinir al individuo.
El ciudadano fue sustituido por la masa. La responsabilidad, por la dependencia.
La cultura del
mérito, por la lógica de la dádiva.
Cuando una
ideología se propone fabricar un “hombre nuevo”, inevitablemente termina
deformando al hombre real. Y esa deformación no desaparece con un cambio de
gobierno. Permanece en los hábitos, en la desconfianza social, en la
normalización de la precariedad, en la relativización de la ley.
Uno de los efectos
más devastadores ha sido la ruptura del tejido humano: familias divididas por
la migración, comunidades fracturadas por la polarización, jóvenes formados más
en consignas que en pensamiento crítico. La diáspora venezolana no es solo un
fenómeno demográfico; es una pérdida simbólica, afectiva e identitaria.
El daño
antropológico se manifiesta cuando la sociedad deja de pensar en términos de
responsabilidad individual y bien común, y comienza a operar bajo la lógica de
la sobrevivencia y la obediencia. Allí la distopía deja de ser literaria y se
convierte en cotidiana.
¿Puede revertirse este daño? Sí, pero no de manera automática.
En el corto plazo,
es imprescindible restaurar límites claros: igualdad ante la ley,
despolitización de la educación y recuperación de la institucionalidad básica.
En el mediano
plazo, la tarea es cultural: formar pensamiento crítico, rescatar la memoria
histórica sin mitificaciones y revalorizar el trabajo como expresión de
dignidad.
En el largo plazo,
el desafío es identitario: reconstruir una nación plural, no ideologizada,
capaz de reconciliarse sin negar la verdad.
La reconstrucción
de Venezuela no será solo económica ni electoral. Será, ante todo,
antropológica. Porque los sistemas políticos pueden caer en meses, pero las
deformaciones culturales tardan generaciones en superarse.
Toda utopía
impuesta termina revelando su rostro distópico. La lección venezolana no
debería olvidarse: cuando el poder pretende moldear al ser humano según su
doctrina, el resultado no es emancipación, sino erosión.
La verdadera
reconstrucción comienza cuando la sociedad decide volver a pensarse libre.
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