Hay una pregunta que nos acompaña
desde que el ser humano comenzó a preguntarse por el sentido de la existencia:
¿qué significa realmente ser feliz?
Tal Ben-Shahar, profesor de
psicología positiva, convirtió esta pregunta en materia de estudio en Harvard.
Su planteamiento resulta profundamente humano: la felicidad no debe entenderse
como una permanente sensación de alegría, sino como una manera de vivir, una
capacidad que puede cultivarse y fortalecerse.
Y aquí aparece una distinción que considero
fundamental: no es lo mismo estar feliz que ser feliz.
Estar feliz es un estado. Recibimos
una buena noticia, abrazamos a quien amamos, contemplamos un paisaje,
alcanzamos una meta, y durante unos minutos o unas horas sentimos alegría. Pero
después llega la preocupación, el cansancio, una pérdida, una enfermedad o una
decepción. La vida cambia de escenario.
Ser feliz, en cambio, significa
haber aprendido a convivir con todos esos estados sin perder completamente el
sentido de la vida. Nadie está feliz todo el tiempo. Pretenderlo sería,
paradójicamente, una forma de infelicidad. El dolor, la tristeza, el miedo y la
incertidumbre también forman parte de nuestra condición humana.
Aristóteles entendía la felicidad como una vida
bien vivida, una existencia en la que las virtudes se convierten en hábitos.
Viktor Frankl nos enseñó que quien encuentra un sentido puede enfrentar incluso
las circunstancias más difíciles. Y Epicteto dejó una enseñanza que conserva
una enorme vigencia: muchas veces no son los acontecimientos los que nos
perturban, sino la manera como los interpretamos.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿podemos aprender a ser felices? La respuesta es esperanzadora.
No podemos controlar todo lo que ocurre a
nuestro alrededor, pero sí podemos aprender a relacionarnos de otra manera con
aquello que nos sucede. La felicidad puede cultivarse mediante pequeñas
prácticas repetidas con disciplina y constancia.
La oración puede ayudarnos a detener el ruido cotidiano, agradecer y recordar que nuestra existencia tiene una dimensión que va más allá de nuestras preocupaciones inmediatas.
La meditación nos enseña a observar nuestros
pensamientos sin convertirnos necesariamente en prisioneros de ellos. Nos
devuelve al presente, que es el único momento que verdaderamente poseemos.
El ejercicio físico fortalece el cuerpo, pero
también contribuye a nuestro equilibrio emocional. Moverse, caminar, correr o
simplemente mantener una actividad física regular puede transformar nuestra
disposición ante la vida.
Y está la lectura, esa conversación silenciosa
con quienes estuvieron antes que nosotros. Leer nos permite ampliar nuestra
perspectiva, descubrir otras vidas, comprender otras épocas y encontrar
palabras para aquello que a veces no sabemos expresar.
Quizás la felicidad no consista en llegar a un
lugar donde nunca suframos. Quizás consista en aprender a caminar con serenidad
sabiendo que habrá días de lluvia.
Porque estar feliz es una emoción; ser feliz es
una manera de aprender a vivir.
Nadie es completamente feliz. Nadie puede
serlo. Pero todos podemos aprender a vivir mejor.
Y quizá esa sea una de las grandes enseñanzas
de la ciencia de la felicidad: la felicidad no siempre se encuentra.
A veces también se practica.
Bernardo Jurado es empresario, conferencista internacional, escritor, profesor y mentor de oratoria, emprendedor.