Hoy es una ocasión especial para
demostrar cariño, gratitud, admiración y toda la pléyade de calificativos
positivos para homenajear a mis colegas y amigos por el Día del Médico
Venezolano, dentro y fuera de nuestro país, quienes ejercen con pasión y dedicación
esta profesión.
Lo
más admirable es que, a pesar de los cambios y las dificultades, nunca han
perdido la esencia de lo que significa ser médico: la vocación de cuidar y
servir. Amigos cercanos se han adaptado a nuevos retos, aprendiendo a ejercer
esta vocación en contextos diferentes.
Ha sido un camino lleno de desafíos,
pero también de aprendizajes y gratitud, y esto demuestra que la medicina
trasciende fronteras y que nuestra vocación se lleva siempre en el corazón, sin
importar dónde nos encontremos.
Al pensar en la vocación que nos guía,
no puedo dejar de recordar al Dr. José Gregorio Hernández, primer santo
venezolano, cuyo legado de compasión y dedicación al prójimo sigue siendo un
faro para todos los médicos venezolanos. Su ejemplo nos recuerda que ejercer la
medicina es mucho más que un oficio: es un compromiso con la vida y con la
humanidad.
La medicina nos enseña que no
caminamos solos: la familia, los amigos y los pacientes son quienes nos
sostienen y nos inspiran a seguir dando lo mejor de nosotros cada día.
El
Día del Médico Venezolano es, entonces, mucho más que una fecha en el
calendario: es un recordatorio de nuestra vocación, de la fuerza de la amistad
y de la familia, y de la pasión que nos impulsa a sanar y acompañar la vida de
quienes confían en nosotros.
Se
calcula que el humano postmoderno miente al menos cada diez minutos, otros son más
ágiles en esto de mentir, pero es un promedio y llegué esa tarde a la casa de
mi amigo, el que tiene nombre de novela mejicana de alta calidad sentimental.
Un nombre de abolengo, de masculinidad, sí, él se llama José Ignacio León
Solarte, díganme sino corresponde a un nombre propio del Conde de Monte
Cristo o del Capitán Alatriste de Pérez Reverte y con esto espero
halagarlo.
Nos
servimos un buen trago y salimos a su bello jardín donde conversamos con
frecuencia de múltiples materias, porque él aún no lo sabe, ni tampoco me cree
cuando le digo, que, al ser un gran lector bilingüe, se está preparando para
ser escritor y será de los buenos.
—¿Que
tabaco quieres? —Y desenfundó una caja color azul en madera llena de una pequeña
fortuna de habanos y yo le mentí, pero lo hice sin intención cuando riposté: —estoy
dejando de fumar —y observé en sus universales micro gestos una cara de desilusión.
Ayer,
lo volvimos a hacer, exactamente igual. En este caso llevaba yo un par de
tabacos, mientras nuestras damas reconstruían en sus fértiles mentes, la decoración
de su bella casa donde siempre nos sentimos como en la nuestra y al salir al jardín,
allí estaba: un bello cenicero en cerámica, con las inconfundibles señas de la fábrica
centenaria de los tabacos cubanos Cohiba y no me pude aguantar:
—¿Dónde lo compraste? Yo quiero uno
para mi jardín —y mi novelesco y caballeroso amigo me ripostó:
—Ese era tuyo, pero aquella noche de diciembre en que te lo iba a regalar,
me dijiste que estabas dejando de fumar y lo he puesto aquí.
Las
gentilezas del hidalgo José León Solarte, son tantas que había guardado la
caja, lo introdujo en la misma y me lo entregó diciendo:
En un tiempo marcado por discursos simplificados y promesas fáciles, El obstáculo de la realidad nos recuerda que el mundo no es como quisiéramos, sino como es.
Publicar hoy esta obra en acceso libre es un llamado a la reflexión y a la responsabilidad personal, frente al ruido y la evasión de nuestro tiempo.
El lector encontrará aquí un desafío: reconocer el obstáculo, aceptarlo y decidir cómo enfrentarlo.
Hay
momentos en los que el mundo, con una delicadeza casi traviesa, decide invertir
los papeles. En la reciente reunión de Navidad, entre abrazos, risas y el
ritual inevitable de la entrega de regalos, me ocurrió algo tan inesperado como
profundamente conmovedor: por unos minutos dejé de ser quien escribe sobre los
demás… para convertirme en el destinatario de un poema.
La
señora Ana Rivas, esposa del doctor José Ignacio León, tomó la palabra para
entregarme mi obsequio. Yo esperaba lo habitual: una dedicatoria amable, quizá
una frase cálida, algún comentario de cortesía. Pero no. Ana decidió hacer algo
mucho más audaz y generoso: leerme un poema, uno hermoso, sensible y
cuidadosamente pensado.
Quien suele observar, describir y poner
palabras a las emociones ajenas, se encontró de pronto sin libreta, sin defensa
y sin oficio. Allí estaba yo, escuchando cómo alguien más me leía desde su
propia voz, desde su mirada, desde su sensibilidad. Fue un breve y delicioso
desorden del universo.
Más
allá de la sorpresa, lo que realmente agradezco es el gesto. Escribir un poema
para otro es un acto de atención profunda; es detener el tiempo para mirar al
otro con cuidado. Y eso, en estos días acelerados, es un regalo mucho más raro
que cualquier objeto envuelto en papel brillante.
Gracias,
Ana, por ese poema y por esa valentía. Gracias también al doctor José Ignacio
León, cómplice silencioso de una escena que recordaré con afecto, como lo dijera
el actor norteamericano Woody Allen: ‘‘No solo de pan vive el hombre. De vez en
cuando necesita un trago’’ y ahora con toda propiedad yo puedo agregar y un
poema, también.
Fue
una noche memorable, un momento de felicidad, un instante grabado para siempre,
porque Ana y José Ignacio han aplicado a sus invitados la práctica de la Emperatriz
Josefina: ‘‘Para encontrar a la gente amable, es necesario serlo uno mismo’’.
Diego Velázquez la pintó con
una dignidad que no le correspondía según los códigos de su tiempo. La colocó a
la misma altura visual de la realeza, no por error ni descuido, sino por una
osadía consciente. Aquella mujer formaba parte del séquito de la infanta y era
enana. Nunca se veía completa en un espejo; su cuerpo no alcanzaba la imagen
entera. Y, sin embargo, allí estaba: erguida, frontal, con un gesto que oscila
entre la valentía, la melancolía y una nobleza inesperada.
Se llamaba María Bárbara
Asquín, aunque en la corte todos la conocían como Maribarbola. Nacida en 1651 y
fallecida antes de cruzar los cincuenta años, fue una figura respetada dentro
del palacio. La infanta la apreciaba; era su compañía constante. Velázquez no
la caricaturiza ni la reduce: la dignifica. Ese gesto convierte a Las Meninas
en algo más que un retrato cortesano; es una reflexión sobre la estatura real
del poder.
En una novela de Arturo
Pérez-Reverte —el título es irrelevante cuando se habla de arquetipos— aparece
un personaje pendenciero, burlón, violento solo cuando tiene ventaja. De daga
escondida y valentía prestada, se engrandece en la taberna cuando se siente
respaldado. Lo llaman Deodato: “Diosdado”. El nombre, como el comportamiento,
no es casual. Hay figuras que, aun rodeadas de poder, jamás alcanzan dignidad.
No por su origen ni por su estatura física, sino por su incapacidad de
comprender la forma, el ritual y el silencio que exige lo verdaderamente
grande.
Por eso los actos solemnes les
resultan insoportables. Confunden la risa grosera con autoridad y la burla con
carácter. Cuando un evento de alcance universal —una ceremonia, un acto que
pertenece a la memoria del mundo— se convierte en objeto de mofa, no es el
evento el que se empequeñece, sino quien no logra entenderlo.
Las sociedades también tienen
estatura. Se reconoce en su humor, en sus referentes y en la manera como hablan
quienes mandan y cómo imitan quienes siguen. No es un líder aislado quien eleva
a un país, sino el entorno completo: el lenguaje, los gestos, las formas. El
poder educa o deforma.
Hoy millones de venezolanos
viven fuera de su país. Aprenden otros idiomas, otras normas, otras maneras de
estar en el mundo. Esa experiencia no puede ser estéril. Debe servir para
entender que la modernidad no se improvisa y que el progreso no se declama. Las
naciones se levantan imitando lo que funciona, no aferrándose a fórmulas
fracasadas ni a nostalgias improductivas.
Un país serio se construye con
economía fuerte, competencia, meritocracia e igualdad de oportunidades, no con
igualaciones forzadas ni dependencias perpetuas. Mirar al norte no es sumisión;
es pragmatismo. Persistir en el atraso sí es una elección.
Velázquez lo entendió hace
siglos: no es la estatura lo que define la grandeza, sino la forma en que se
ocupa el espacio. Las Meninas no retrata solo un instante cortesano; revela una
verdad vigente: hay quienes, aun siendo pequeños, pueden ser elevados por la
dignidad, y quienes, aun rodeados de poder, jamás dejan de ser enanos.
La noticia de
que oficiales navales retirados de la Armada Venezolana, hombres cabales,
formados y grandes líderes en su época de servicio, han decidido terminar con
su vida es un golpe devastador que trasciende lo personal y resuena en toda la
sociedad. Estas muertes no son meras estadísticas; son la evidencia de un
fenómeno profundo y trágico que atraviesa a la nación: el suicidio en medio de
la crisis, la desesperanza y la invisibilidad institucional.
Estos
oficiales no eran recién llegados ni personas sin preparación. Cada uno había
dedicado décadas a la formación de nuevos oficiales, al cumplimiento del deber
y a consolidar la disciplina y el honor en la Armada. Sus trayectorias eran
intachables, su liderazgo respetado por colegas y subordinados, y su compromiso
con la institución ejemplar. Sin embargo, la presión económica, la frustración
frente a un país que no ofrece garantías básicas y la constante incertidumbre
en la vida civil los llevó a tomar la decisión irreversible de quitarse la
vida. Sus historias reflejan la angustia de una generación de profesionales
formados que se vieron desbordados por un entorno de desesperanza.
La
crisis económica y social venezolana ha sido un factor determinante. La caída o
tal vez la desaparicion de los ingresos, la imposibilidad de sostener una vida
digna después de décadas de servicio, la pérdida de servicios sociales y la
migración de familiares y amigos crean un ambiente de estrés constante. Para
estos hombres, que alguna vez lideraron con autoridad y ejemplo, la sensación
de no tener salida se volvió insoportable. La fortaleza externa que demostraron
durante su carrera no los protegió de la desesperanza interna.
A
esta tragedia se suma la absoluta ausencia de estadísticas oficiales
confiables. Desde 2016, el gobierno venezolano no publica cifras actualizadas
sobre suicidios ni sobre la salud mental de quienes han servido en las fuerzas
armadas. Organizaciones independientes como el Observatorio Venezolano de
Violencia (OVV) estiman tasas nacionales de suicidio que han crecido a 6,9 por
cada 100.000 habitantes, con picos mayores en ciertos estados. Sin embargo, los
casos de estos oficiales retirados permanecen invisibles para la estadística
formal, perpetuando el silencio institucional y social que rodea a esta
tragedia.
Más
allá de los números, cada suicidio es un recordatorio de la fragilidad humana
incluso en quienes fueron líderes admirables. Su decisión nos interpela a
todos: instituciones, familias y sociedad civil.
Esta
situación exige acción: programas de apoyo psicológico efectivos, redes de
contención y un reconocimiento público de la gravedad del problema. Cada vida
perdida merece memoria, respeto y reflexión. Hombres de honor, de liderazgo
probado y de carrera intachable, como estos cinco oficiales retirados, no
deberían haberse sentido obligados a abandonar la vida. El suicidio en
Venezuela es una tragedia colectiva que nos recuerda que incluso los más
fuertes necesitan apoyo y que cada vida cuenta y debe ser acompañada y
valorada.
El
suicidio no es su culpa.
Paz
a sus almas buenas y consuelo a las heridas familias.
Una
sociedad mutilada no es únicamente aquella a la que le faltan recursos,
libertades o instituciones; es, sobre todo, aquella a la que se le ha amputado
la esperanza. Esta idea tomó forma durante una conversación telefónica que
sostuve con el escritor cubano Elmis Wong, ideógrafo del título que inspira
este artículo. Con la serenidad de quien ha vivido bajo un sistema que sofoca
la expresión humana, Wong describió cómo opera la mutilación social en las
dictaduras socialistas: “Cuando una sociedad está mutilada, no sabe que le
falta algo, porque se acostumbró al dolor”.
Este
fenómeno es visible en todas las naciones sometidas a regímenes totalitarios
como Venezuela y Cuba. Sistemas que, en nombre de la justicia social, terminan
destruyendo lo que dicen defender: dignidad, libertad, bienestar y futuro. A lo
largo de décadas, estas sociedades han visto cómo se erosiona no solo su
calidad de vida, sino también su estructura emocional y moral. Las personas
aprenden a vivir con lo mínimo, a desconfiar de la abundancia, a temer la
ambición y, finalmente, a resignarse.
Un
humorista cubano lo expresó con una ironía devastadora: “El capitalismo avanza
derrotado mientras el socialismo retrocede victorioso”. La frase, aparentemente
absurda, revela la lógica torcida que termina dominando a las sociedades
asfixiadas por estos regímenes. En ellas, el fracaso se presenta como logro, el
atraso como sacrificio heroico y la miseria como consecuencia de enemigos
externos. La narrativa oficial convence al ciudadano de que el deterioro es una
forma de resistencia y que cualquier intento de mejorar es sospechoso o
egoísta.
El
resultado es una sociedad que, golpeada una y otra vez, pierde interés por
vivir bien. Las aspiraciones se reducen al día a día. Quien antes soñaba con
crear, ahora se conforma con sobrevivir. Los jóvenes, que deberían imaginar el
mañana, solo imaginan emigrar. El horizonte se acorta hasta convertirse en un
espacio minúsculo donde lo único valioso es escapar.
Lo
mutilado no es solo lo material. Lo emocional se marchita cuando se vive
rodeado de miedo; lo moral se distorsiona cuando la mentira se convierte en
mecanismo de defensa; lo intelectual se empobrece cuando el conocimiento se
vigila; lo espiritual se apaga cuando el futuro deja de existir como idea.
Como
comentó Wong durante aquella llamada, la mutilación social no ocurre de golpe.
Es un proceso gradual y meticuloso: primero se amputa la libre empresa, luego
la libre expresión, después la memoria histórica, y finalmente, la voluntad
colectiva. Una sociedad mutilada no es solo víctima: es prisionera dentro de sí
misma.
Y,
sin embargo, incluso dentro de estas realidades, persiste una verdad luminosa:
ningún régimen, por fuerte que sea, ha logrado extinguir por completo la chispa
de la dignidad humana. Mientras existan voces que nombren la verdad y
ciudadanos que recuerden lo que es vivir en libertad, la mutilación será
profunda, pero jamás definitiva. Porque lo mutilado puede doler, puede marcar,
puede retrasar… pero siempre puede reconstruirse.