SOCIEDAD
SIN CERRADURAS
La
azotea del edificio académico era mi resguardo. Allí subía con frecuencia,
sextante en mano a ver el ábside planetario a calcular los puntos de máxima aproximación
de los buques que podía ver desde allá con la rosa de maniobra, allí subía a
jugar a ser un navegador de altura, a pensar, a visualizar a imaginar.
Nuestro
maestro de navegación, el inolvidable, exacto, disciplinado, inteligente y
además ex director de la Escuela Naval, Almirante Domínguez, fue quien nos mostró
el sitio en la mágica azotea, frente al Mar Caribe. Allí nos llevaba a tomar
cálculos estelares, a preparar el cielo, a pensar como marinos.
Éramos
casi mil cadetes, comíamos en nuestro inmenso comedor donde en cada mesa había catorce
personas, de manera que había unas setenta mesas atendidas cada una por un
camarero. La comida excelente, vigilada
por un equipo de nutricionistas y la rutina era tan dura, que nadar dos mil
metros en la piscina era una suerte de descanso.
Lo
más curioso y de lo cual mis superiores que a la sazón eran tan niños como yo,
se jactaban, era que en la Escuela Naval de Venezuela no habían cerraduras
porque allí no se perdía nada, el mentir era una falta grave, el mentir varias
veces era motivo de expulsión. Yo viví allí y no es que no se perdía nada, en
una comunidad de mil estudiantes de todos los estratos sociales, hay de todo, pero
el sistema funcionaba excelentemente, eran encontrados, eran juzgados,
castigados expulsados de la honorable y pequeña sociedad orgullosa de sus
tradiciones, de su fuerza, de su futuro y más aun de su pasado.
Los
ladronzuelos pensaban varias veces antes de tomar un lápiz sin autorización de
su dueño y mis profesores, queridos todos (hasta el Ingeniero Mateo Russo),
eran preparadísimos, también sentían el orgullo de ensenarnos y de pertenecer a
esa casa de estudio que desde mi punto de vista en materia de infraestructura
era una obra de arte moderno, sin carteles de Chávez, sin consignas que no
fuera la inteligencia.
Presentamos
examen de admisión unos mil quinientos, entiendo que calificamos trescientos
cincuenta y nos graduamos unos sesenta a lo sumo. Quiero recordar que han
pasado muchos años y a esta hora de la madrugada no voy a investigar números irrelevantes,
lo que quiero ilustrarle, es que en Venezuela hacíamos bien las cosas, en la
Armada mejor, nos sentíamos orgullosos de la exactitud, de la prudencia, del
conocimiento científico, operativo, sistémico. Nos sentíamos más que orgullosos
de no tener cerraduras, ¿Qué raro verdad?
Era
un buen ejemplo ese, el de la cerradura, porque nuestras mentes se
acostumbraron a vivir con honestidad, a formarse cuidando solo la profundidad
intelectual que nadie podía robar, porque allí no se perdía nada, ¡tiempo
pasado!
Las
aguas volverán a su cauce, las sociedades son así, ciclotímicas y nuevamente,
cuando amanezca, los marinos estarán en la azotea esperando la salida de las
estrellas en la hora violeta de la que alguna vez escribí.
Bernardo Jurado es el autor de "La fragancia de la rebelion" y ocho libros mas, todos a la venta en Amazon y las mas prestigiosas librerias de Miami y del mundo.
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