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Sunday, February 15, 2015

90 MILLAS DE CUBA


                               90 MILLAS DE CUBA

                Luego de la merecida farra en el bar de Hemingway, me levanté para ir a una importante e impostergable cita con la vida.
                Eran las seis y veinte minutos de la madrugada y aun no amanecía en este invierno extraño para el resto de la Unión Americana, donde con facilidad se reciben como regalo del cielo un par de pies de nieve en una sola noche, que deja incomunicados hasta los mas modernos aeropuertos, pero aquí no, aquí poseemos una temperatura que nos hace estar en el exterior, en aire acondicionado, no obstante salir de la gruesa colcha, en la inmensa cama con sábanas impecablemente blancas, de muchos hilos, suaves y tersas, sumergido entre almohadones de plumas y enfrentarse al choque térmico, era una suerte de cancha de obstáculos.
                Entré a la ducha hirviente y al salir, otro choque térmico que me paralizó. Como pude me vestí con todos los trapos que conseguí en la oscuridad, me calé mi viejo sombrero de pescador y ¿saben qué? al abrir la puerta me volví a congelar y mientras caminaba en busca de un café, pensé en llamar al 911, ¡porque esto era casi una emergencia!
                En la bella cabaña que alquilé para buscar esta historia y que me la cobraron como si fuera un castillo andaluz del medioevo, conseguí a Ellen, una americana que me sonrió al entrar al lobby y me ofreció café sin pedírselo. Angustiada porque uno de sus huéspedes en domingo se levanta a esa extraña hora, me preguntó y le conté lo de mi cita (y pensó que no estaba cuerdo), para enterarme que tan solo a pocas cuadras sobre la Calle Truman, cruzando con Whitehead, estaba el punto mas al Sur de los Estados Unidos de América.
                Habían un par de borrachos amanecidos de unos veinticinco años, y yo pensé que eso es lo que he debido de haber hecho anoche, tomarme lo que costó la cabaña en whisky, seguro no me habría dado frio o al menos creo que no me hubiese dado mucha cuenta.
                Estábamos en esa hora color violeta y llegué al monumento que tiene pintado sobre el: “90 Miles to Cuba”, mas abajo: “Southern Point Continental U.S.A.” y mas abajo aun: ”Key West, Fl. Home of the sunset”  
                Pensé que tan solo a 90 millas había alguien fumando y seguramente con suerte e imaginación podría oler el humo de su cigarrillo, uno fuerte seguramente, de alguien esclavo, mientras yo le olía desde la libertad plena.
                Tuve que levantar la vista, porque una bola de fuego intenso se levantó en el horizonte. El frio se me olvidó, Cuba, el cigarro del esclavo y los borrachos amanecidos y no pude menos que dar gracias por el privilegio del astro rey frente a mis ojos. Todo se tornó rosado, sobre un mar morado, mientras el subía y subía hasta que los ojos me dolieron de verle y adorarle y observar los tonos, los colores, las señales del milagro mas grande de Dios el cual es: “un día después del otro”. Seguramente alguien fumaba un cigarrillo en la esclavitud, mientras yo le olía a tan solo noventa millas.

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