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Monday, February 23, 2026

ESE CENICERO

 

ESE CENICERO


            Se calcula que el humano postmoderno miente al menos cada diez minutos, otros son más ágiles en esto de mentir, pero es un promedio y llegué esa tarde a la casa de mi amigo, el que tiene nombre de novela mejicana de alta calidad sentimental. Un nombre de abolengo, de masculinidad, sí, él se llama José Ignacio León Solarte, díganme sino corresponde a un nombre propio del Conde de Monte Cristo o del Capitán Alatriste de Pérez Reverte y con esto espero halagarlo.

            Nos servimos un buen trago y salimos a su bello jardín donde conversamos con frecuencia de múltiples materias, porque él aún no lo sabe, ni tampoco me cree cuando le digo, que, al ser un gran lector bilingüe, se está preparando para ser escritor y será de los buenos.

            —¿Que tabaco quieres? —Y desenfundó una caja color azul en madera llena de una pequeña fortuna de habanos y yo le mentí, pero lo hice sin intención cuando riposté: —estoy dejando de fumar —y observé en sus universales micro gestos una cara de desilusión.

            Ayer, lo volvimos a hacer, exactamente igual. En este caso llevaba yo un par de tabacos, mientras nuestras damas reconstruían en sus fértiles mentes, la decoración de su bella casa donde siempre nos sentimos como en la nuestra y al salir al jardín, allí estaba: un bello cenicero en cerámica, con las inconfundibles señas de la fábrica centenaria de los tabacos cubanos Cohiba y no me pude aguantar:

 —¿Dónde lo compraste? Yo quiero uno para mi jardín y mi novelesco y caballeroso amigo me ripostó:

—Ese era tuyo, pero aquella noche de diciembre en que te lo iba a regalar, me dijiste que estabas dejando de fumar y lo he puesto aquí.

            Las gentilezas del hidalgo José León Solarte, son tantas que había guardado la caja, lo introdujo en la misma y me lo entregó diciendo:

—Ese cenicero es tuyo.

            Gracias querido amigo.



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